Madrid, 19 de marzo de 2026. Hay informes que llegan con tablas, gráficos y porcentajes. Y hay otros que, además de todo eso, llegan con una pregunta de fondo: cómo vivimos de verdad.
Eso es, precisamente, lo que propone el Informe socioeconómico de la felicidad en España (2024), presentado en el Colegio de Economistas de Madrid: una mirada rigurosa, basada en datos del CIS, a una cuestión que suele parecer etérea, pero que aquí se aborda con método, contexto y vocación pública. Porque sí: la felicidad también se estudia. Y también dice cosas importantes sobre una sociedad.
El acto fue abierto por Felipe Herranz, secretario de la Junta de Gobierno del Colegio de Economistas de Madrid, quien subrayó el valor de un informe “realmente sólido y bien fundamentado” y útil tanto para los economistas como para la población en general. A continuación, intervinieron Pedro Cuesta Valiño, catedrático de Marketing e Investigación de Mercados de la Universidad de Alcalá y subdirector de la Red Internacional Universitaria de la Felicidad; Luis Bayardo Tobar-Pésantez, director académico de Economía de la Universidad Politécnica Salesiana de Ecuador y coautor del informe; y Rafael Ravina-Ripoll, profesor de la Universidad de Cádiz, director de la Red Internacional Universitaria de la Felicidad y también coautor del estudio. La sesión fue clausurada por Amelia Pérez Zabaleta, decana-presidenta del Colegio de Economistas de Madrid, que participó además en el prólogo del libro.
El informe, impulsado por la Red Internacional Universitaria de la Felicidad, parte de una idea tan sencilla como poderosa: no basta con medir cuánto crece una economía; también conviene preguntarse cómo se siente la ciudadanía. De hecho, su propia base metodológica deja claro que no estamos ante una ocurrencia ni ante un ejercicio de autoayuda con gráficos, sino ante un trabajo construido sobre 4.005 entrevistas, realizadas en 1.150 municipios y 50 provincias, con un error muestral del ±1,6%.
La investigación analiza la felicidad como un indicador socioeconómico complementario al PIB y a otros marcadores tradicionales. Y lo hace cruzando el bienestar subjetivo con variables sociales, económicas, territoriales, tributarias, religiosas y políticas. Dicho de otra manera: este informe no pregunta solo si somos felices, sino qué factores ayudan a explicar mejor esa percepción.
Uno de sus mensajes más interesantes es que la felicidad no aparece aquí como un concepto vaporoso, sino como una radiografía del clima social. No es casual que en la presentación se insistiera en que las estadísticas de felicidad son algo más que números: ayudan a leer el estado de una sociedad, su confianza, su cohesión, sus tensiones y sus expectativas.
Y los datos, además, invitan a pensar. El informe detecta una caída de la felicidad media en España en los últimos cuatro años, al pasar de 7,85 puntos en 2020 a 7,63 en 2024. También apunta diferencias territoriales y sociodemográficas: por ejemplo, Navarra aparece como la comunidad con mayor nivel medio de felicidad, mientras que Castilla-La Mancha registra el más bajo; y la franja de edad de 35 a 44 años destaca como la más feliz del estudio.
Hay otro aspecto especialmente sugerente: la economía de la felicidad obliga a revisar algunos automatismos. En la presentación, uno de los autores recordó que un país puede crecer y, sin embargo, no traducir ese crecimiento en una mejora equivalente del bienestar percibido. Es una idea bien conocida en la literatura económica contemporánea, y aquí reaparece con una fuerza muy concreta: medir solo riqueza no basta para entender del todo una sociedad.
En ese sentido, el trabajo presentado en el Colegio de Economistas de Madrid abre una conversación valiosa para economistas, instituciones y ciudadanía. Porque hablar de felicidad, aquí, no es ponerse blandos: es ponerse serios con preguntas que importan. Importan a la economía, importan a las políticas públicas e importan a cualquier organización que quiera comprender mejor el tiempo que vive.
Tal vez por eso este informe resulta tan oportuno. En un contexto de incertidumbre, tensiones geopolíticas y fatiga social, propone una idea tan elemental como ambiciosa: incorporar el bienestar subjetivo a la conversación pública. No para sustituir a los indicadores clásicos, sino para completarlos. No para simplificar la realidad, sino para leerla mejor.
En el fondo, la gran aportación del informe quizá sea esta: recordarnos que una sociedad no solo se mide por lo que produce, sino también por lo que siente, por cómo vive y por la confianza con la que mira el futuro. Y eso, dicho en el Colegio de Economistas de Madrid, tiene bastante de declaración de intenciones.
Podéis acceder a vídeo íntegro de la presentación en este enlace.


