El blockchain no deja de ser la punta de lanza, la cabeza del iceberg de todo lo que está cambiando en el entorno en el que vivimos. Por lo tanto es importante dar una visión general de dicho entorno, de cómo está cambiando y la influencia que en dicho cambio están teniendo todos los avances tecnológicos, entre ellos el propio Blockchain. Y el cambio es real, es objetivo, es claro y es muy marcado, de tal forma que en pocos años hemos pasado de una sociedad industrial a una sociedad de la información y de esta con una leve modificación a la sociedad del conocimiento pero… ¿podríamos hablar ahora mismo de una nueva sociedad? ¿de algo así como la sociedad conectada? ¿estamos cambiando los paradigmas hasta tal punto de estar cambiando las estructuras sociales?

En 1999 el sociólogo Zygmunt Bauman planteó un concepto que ha tardado en llegar al público pero que hoy más que nunca está en perfecto desarrollo, a dicho concepto lo denominó la modernidad líquida, dónde comparaba las estructuras sociales de antaño con el estado de solidez, frente a las estructuras actuales que el definió con tanto acierto como líquidas, trabajo, familia, etc… ya nada es estable, ya nada es sólido, todo cambia, pero el cambio no se puede ver como un peligro, sino como una oportunidad y como decía en su libro:

Los fluidos se desplazan con facilidad.  «Fluyen», «se derraman», «se desbordan», «salpican», «se vierten»,  «se filtran»,  «gotean», «inundan», «rocían»,  «chorrean»,   «manan»,   «exudan»; a  diferencia de los sólidos, no es posible detenerlos…

Y es en este ambiente dónde se dan innovaciones como el 5G, el IdC, el consumo colaborativo, el upcycling, y el propio blockchain o la disrupción total de los datos, la hiperconectividad, el grafeno, el big data o su contrapartida de calidad, el Smart data que nos lleva a su vez a las Smart cities… y, reitero, es en este ambiente dónde se están produciendo cambios en los modelos económicos, cambios en los materiales, cambios en los conceptos de transmisión y almacenamiento de los datos, cambios en las bases de las relaciones sociales y económicas… es dónde surgen entre otros actores, los disruptores digitales, los disruptores económicos y los disruptores sociológicos para mostrarnos que el paradigma del siglo XXI ya no va a ser poseer bienes sino disfrutarlos, que ya no es necesario comprar sino pagar por utilizar, y que frente a la economía de los productos del siglo XX (Solidez) hemos pasado a la economía de los servicios del siglo XXI (Liquidez) y en este juego de conceptos es donde se mezclan modelos económicos tradicionales (Capitalismo) con modelos económicos alternativos como el procomún colaborativo que tan bien explica en su libro “La Sociedad de coste marginal cero” el economista y sociólogo Jeremy Rifkin.

Es interesante en este punto hacer mención al concepto de disrupción, el cual no es nuevo, ni siquiera la idea de fondo del mismo y ni siquiera la importancia a lo largo de la historia de su puesta en práctica. El concepto surge del ámbito de la innovación y es justo por eso, que es aplicable a cualquiera de sus áreas. Su origen parte del concepto de destrucción creativa de Werner Sombat y que popularizó Joseph Schumpeter en su libro Capitalismo, socialismo y democracia (1942), nada nuevo hasta el momento, pues Schumpeter ya planteaba la destrucción creativa como el concepto de innovación que se produce dentro de una economía de mercado por el cual son las innovaciones el motor del crecimiento a costa de viejos modelos de negocio, destruyendo empresas tradicionales y creando nuevas que las sustituyen. Este concepto no es generalizable a cualquier tipo de innovación sino sólo a aquella que supone una ruptura (disrupción) o un cambio de paradigma. En el ámbito de la tecnología es dónde la disrupción es más visible, esa disrupción tecnológica que nos ha llevado hasta cambiar la forma en que nos relacionamos con los demás, y de eso es de lo que se trata, de poder ver a tiempo que ya no existen dos entornos separados, ya no hay fronteras entre el mundo virtual o digital y el mundo físico, ya no hay cerca y lejos, lo pequeño es mejor que lo grande, lo liviano mejor que lo pesado y lo que impera es la velocidad, lo que me lleva a citar de nuevo (ahora lo hago de memoria, ya que aplico lo dicho, la velocidad impera) a Zygmunt Bauman, que decía algo así como que cuanto menos cargados nos desplacemos más rápido será nuestro avance y que quien no se adapte está fuera del partido.

Así pues, todos somos conscientes de que estamos viviendo momentos de cambio, momentos en los que el conocimiento tiene un valor relativo, dónde la disrupción tecnológica impone nuevos enfoques adaptativos para poder establecer un discurso vital exitoso y para ello hay que afrontar dichos cambios de cara. Una de las opciones de las que disponemos, una de las herramientas con las que nuestra educación nos ha preparado es el aprendizaje, pero ahora, ya no podemos enfocarlo a través del modelo acumulativo clásico, sino a través de modelos disruptivos, utilizando el pensamiento lateral, la creatividad y el espíritu crítico, y para ello hay que conocer el entorno, saber dónde nos movemos, cual es el nuevo ecosistema en el que vamos a tener que desenvolvernos y es ahí ahora más que nunca la formación continua y la capacidad de asimilación de las nuevas tecnologías nos permitirá estar a la altura de los retos venideros que nos va a regalar esta nueva sociedad hiperconectada.

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